Se trata de un blog donde podrás encontrar reflexiones que te ayuden a replantear tu existencia, siendo tú el artista de tí mismo. Se trata de narraciones y reflexiones que provienen de las grandes tradiciones filosóficas como el estoicismo, el epicureísmo, aplicadas al mundo contemporáneo. Te invitamos a vistar nuestra página de facebook. Filosofía de la Actitud.
miércoles, 24 de octubre de 2012
EDUCACIÓN: RETÓRICA Y PARRHESIA
Según algunos historiadores Marcus Fabius Quintiliano, fue el primer maestro que abrió una escuela pública pagada por el fisco en el siglo I D.C, en el esplendor del imperio romano. Escribió un libro, llamado institutio oratoria. Tal vez la importancia de dicho pensador para nuestros días es que podemos caracterizar dos actitudes que deben cultivarse en el niño, en el joven, para que pueda configurarse como un hombre capaz de acometer diversas empresas en su vida adulta. La actitud retórica es un arte enseñable, cuyo objetivo es aprender a utilizar el lenguaje en función del tema que se aborda, con el sentido de persuadir a otro de lo que uno cree, en un momento determinado. El desarrollo de tal arte posibilita dirigir asambleas, dirigir a un pueblo, dirigir una guerra. Hoy en día diríamos el arte de dirigir a una comunidad de sujetos. Más contemporáneamente diríamos posibilita hacerse líder. Obviamente, dicho arte no supone una valoración moral en sí misma. Se puede ser un buen retórico, porque se maneja el arte de la persuasión y conducir al otro a un infierno, puede persuadirlo a realizar empresas donde se anule como sujeto. De allí, que hay una segunda actitud complementaria que describe Quintiliano que debe ir a la par y en esto residiría el papel moral de la educación. Se trata de la actitud parresiástica. La pharresia es la actitud para habla claro, franco, transparente, con verdad. Ahora bien, el arte de decir la verdad se configura en la práctica y su estudio constante conducirá a comprender que el ejercicio de la verdad, está regulado por la virtud de la prudencia. Se trata de decir la verdad en el momento adecuado, en la circunstancia adecuada y se expresa sólo cuando el otro individuo se encuentre en la mejor posición para recibirla y su sentido es decirla, para que el otro pueda asumirla de la mejor manera. Se trata no sólo de decir la verdad, sino el estudio, el aprendizaje para decirla en la mejor situación posible. Ahora bien, decir la verdad, en la mejor situación que se perciba para decirla, no conduce necesariamente a una relación con ese otro plena y de dicha. Por el contrario, el sujeto que tiene la actitud parresiástica se juega su vida, sus relaciones, en la misma medida que expresa lo que entiende por verdad; aunque es un sujeto prudente, siempre está en riesgo. El ejercicio del hablar claro, no tiene la intención de persuadir al otro que haga lo que él considera como verdadero. Por el contrario, lo hace como fruto de la experiencia de estar conforme consigo mismo, porque considera que decir esa verdad, aún con los riesgos que implica, lo condeucen a poder dormir tranquilo, como decía Séneca. Siendo éste el sentido moral de la educación, ayudar al individuo a conocerse, a formarse a sí mismo, a cuidarse e inquietarse por sí mismo. Tener conciencia de sí, de lo que se es en el mismo momento que se está actuando, es el muro de contención, frente a cualquier discurso que intente persuadir al sujeto de realizar una acción contra sí mismo. Y, a su vez, es la condición para un ejercicio autónomo de la libertad.
Para ello el maestro, dice Quintiliano, debe procurar actuar frente al discípulo en el justo medio entre severidad y relajación, frente a los errores y fallas más que castigar, aconsejar y el mejor consejo es con ejemplos que el discípulo pueda verificar en la vida del maestro. Ser testimonio de lo que aconseja. El maestro debe responder las preguntas de sus discípulos teniendo como norte las dos actitudes sustanciales que desea hacer florecer en él. Es conveniente que le interrogue a los silenciosos, pero sobre todo, la interlocución debe tener el sentido de la conformación de las actitudes que debe experimentar cada día el discípulo. Por lo tanto, el tema se transforma en un asunto de segundo orden. Porque si florece la actitud retórica el discípulo sabrá utilizar el lenguaje de la manera adecuada para sustentar su mirada y la forma cómo abordará ese tema dependerá de la elección que haga de sí mismo.
Finalmente dice Quintiliano: “Es indudable que la lectura proporciona ejemplos a imitar, pero la palabra viva es un alimento más nutritivo, sobre todo cuando es la palabra de un maestro, por quien sus alumnos, si tienen buena formación, siente afecto y respeto.” (Quintiliano, IO, II,8)
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