jueves, 18 de octubre de 2012

FRAGMENTO: LA VIDA INACABADA

El tiempo había hecho de la suyas. Tres meses que no lo veía desde aquella conversación extraña. Lo encontró en un café. El sol era un pastel derretido. Las voces se balanceaban entre truenos, risas y silencios. El juego de futbol, transcurría. Estaba sentado como de costumbre, entre libros y algarabía. No se detuvo en preguntar ni siquiera cómo estaba. Para él los diálogos inconclusos eran una manera de permanecer, con independencia del tiempo y el espacio, conectado con los otros. Aborrecía, para decirlo de alguna manera, las conclusiones y las certezas. La única certeza, podría ser Dios y ese era un asunto insondable. De allí que ni siquiera detenía, por un segundo, su razón en él y, tal vez por eso, tenía una mirada a veces compasiva (y en muchas otra, con sorna) hacia los exégetas, letrados y filósofos de las religiones. Muchas veces lo escuché decir que los teólogos son, en su mayoría, hombres que la carestía de la contemplación la sustituían por la agudeza en la interpretación de textos. La experiencia de la incertidumbre la asumía, como la vivencia del caminar en el desierto hacia una tierra prometida. Solía decir con respecto a esa tierra prometida que no se sabía dónde estaba, cuán lejos quedaba ni cómo se llegaba, sin embargo, se asumía como un peregrino, porque lo prometido era un horizonte de sentido que se descubría no en la contemplación del futuro, sino en el recogimiento de la mirada, en el azar de lo inmediato. Creo que ello se debía a que en el interior de su ser encontraba la brújula para orientar sus pasos, a partir de los extravíos, confusiones y aciertos que obtenía en el transitar la vida desértica. Empezó hablar del futbol, del juego como teatro, de pronto, lo miró fijamente y le dijo: ¿Sabes? la concepción trágica de la vida no supone un estado depresivo, oscuro y tormentoso de la vida. Por el contrario, es la asunción de lo claroscuro, constitutivo, de la naturaleza humana. Es como el artista, trabaja obsesivamente en su obra, porque quiere presionar su mundo interior hacia los otros, quiere vaciarse, entregándose por completo a la exterioridad. Su lucha permanente es para encontrar su voz, su discurso, dar cuenta de aquello que quiere decir, a través de la pintura, la escultura, la pintura, la música o la poesía. Y cada obra después de realizada la siente y la percibe como un boceto inacabado de lo que deseaba y, por eso, indaga de nuevo, busca nuevas herramientas para expresarse, para presionar hacia el mundo su vida, su concepción del mundo. Es una carrera constante, trágica, porque nunca está satisfecho. Pero, la insatisfacción de lo que hace se transforma en el mejor combustible para intentarlo de nuevo, para hacerlo de nuevo, ahora con armas más poderosas fruto del aprendizaje obtenido, de los asuntos que no resolvió en el trabajo anterior. El artista siempre está en falta, aunque haya recorrido un largo trecho. Hacernos artistas de sí mismos, es la asunción de la existencia, como una obra de arte. Se trata de esculpirnos permanentemente. Siempre seremos bocetos de lo que queremos ser, en la misma medida que vamos siendo. Esas marcas, moldeadas con los cinceles de la vida, son huellas que trascienden. El artista trasciende, en su obra, la inmanencia, pero su obra nació, se configuró, a partir de su cotidianidad, de su inmanencia. Justamente, esa vocación obsesiva del artista es lo que propongo para hacernos como persona de manera inacabada. Esa vivencia termina con la muerte. Se levantó intempestivamente, agarró sus libros, sonrió y se despidió, en medio de un alboroto, por el triunfo del equipo.

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