miércoles, 24 de octubre de 2012

EDUCACIÓN: RETÓRICA Y PARRHESIA

Según algunos historiadores Marcus Fabius Quintiliano, fue el primer maestro que abrió una escuela pública pagada por el fisco en el siglo I D.C, en el esplendor del imperio romano. Escribió un libro, llamado institutio oratoria. Tal vez la importancia de dicho pensador para nuestros días es que podemos caracterizar dos actitudes que deben cultivarse en el niño, en el joven, para que pueda configurarse como un hombre capaz de acometer diversas empresas en su vida adulta. La actitud retórica es un arte enseñable, cuyo objetivo es aprender a utilizar el lenguaje en función del tema que se aborda, con el sentido de persuadir a otro de lo que uno cree, en un momento determinado. El desarrollo de tal arte posibilita dirigir asambleas, dirigir a un pueblo, dirigir una guerra. Hoy en día diríamos el arte de dirigir a una comunidad de sujetos. Más contemporáneamente diríamos posibilita hacerse líder. Obviamente, dicho arte no supone una valoración moral en sí misma. Se puede ser un buen retórico, porque se maneja el arte de la persuasión y conducir al otro a un infierno, puede persuadirlo a realizar empresas donde se anule como sujeto. De allí, que hay una segunda actitud complementaria que describe Quintiliano que debe ir a la par y en esto residiría el papel moral de la educación. Se trata de la actitud parresiástica. La pharresia es la actitud para habla claro, franco, transparente, con verdad. Ahora bien, el arte de decir la verdad se configura en la práctica y su estudio constante conducirá a comprender que el ejercicio de la verdad, está regulado por la virtud de la prudencia. Se trata de decir la verdad en el momento adecuado, en la circunstancia adecuada y se expresa sólo cuando el otro individuo se encuentre en la mejor posición para recibirla y su sentido es decirla, para que el otro pueda asumirla de la mejor manera. Se trata no sólo de decir la verdad, sino el estudio, el aprendizaje para decirla en la mejor situación posible. Ahora bien, decir la verdad, en la mejor situación que se perciba para decirla, no conduce necesariamente a una relación con ese otro plena y de dicha. Por el contrario, el sujeto que tiene la actitud parresiástica se juega su vida, sus relaciones, en la misma medida que expresa lo que entiende por verdad; aunque es un sujeto prudente, siempre está en riesgo. El ejercicio del hablar claro, no tiene la intención de persuadir al otro que haga lo que él considera como verdadero. Por el contrario, lo hace como fruto de la experiencia de estar conforme consigo mismo, porque considera que decir esa verdad, aún con los riesgos que implica, lo condeucen a poder dormir tranquilo, como decía Séneca. Siendo éste el sentido moral de la educación, ayudar al individuo a conocerse, a formarse a sí mismo, a cuidarse e inquietarse por sí mismo. Tener conciencia de sí, de lo que se es en el mismo momento que se está actuando, es el muro de contención, frente a cualquier discurso que intente persuadir al sujeto de realizar una acción contra sí mismo. Y, a su vez, es la condición para un ejercicio autónomo de la libertad. Para ello el maestro, dice Quintiliano, debe procurar actuar frente al discípulo en el justo medio entre severidad y relajación, frente a los errores y fallas más que castigar, aconsejar y el mejor consejo es con ejemplos que el discípulo pueda verificar en la vida del maestro. Ser testimonio de lo que aconseja. El maestro debe responder las preguntas de sus discípulos teniendo como norte las dos actitudes sustanciales que desea hacer florecer en él. Es conveniente que le interrogue a los silenciosos, pero sobre todo, la interlocución debe tener el sentido de la conformación de las actitudes que debe experimentar cada día el discípulo. Por lo tanto, el tema se transforma en un asunto de segundo orden. Porque si florece la actitud retórica el discípulo sabrá utilizar el lenguaje de la manera adecuada para sustentar su mirada y la forma cómo abordará ese tema dependerá de la elección que haga de sí mismo. Finalmente dice Quintiliano: “Es indudable que la lectura proporciona ejemplos a imitar, pero la palabra viva es un alimento más nutritivo, sobre todo cuando es la palabra de un maestro, por quien sus alumnos, si tienen buena formación, siente afecto y respeto.” (Quintiliano, IO, II,8)

jueves, 18 de octubre de 2012

FRAGMENTO: LA VIDA INACABADA

El tiempo había hecho de la suyas. Tres meses que no lo veía desde aquella conversación extraña. Lo encontró en un café. El sol era un pastel derretido. Las voces se balanceaban entre truenos, risas y silencios. El juego de futbol, transcurría. Estaba sentado como de costumbre, entre libros y algarabía. No se detuvo en preguntar ni siquiera cómo estaba. Para él los diálogos inconclusos eran una manera de permanecer, con independencia del tiempo y el espacio, conectado con los otros. Aborrecía, para decirlo de alguna manera, las conclusiones y las certezas. La única certeza, podría ser Dios y ese era un asunto insondable. De allí que ni siquiera detenía, por un segundo, su razón en él y, tal vez por eso, tenía una mirada a veces compasiva (y en muchas otra, con sorna) hacia los exégetas, letrados y filósofos de las religiones. Muchas veces lo escuché decir que los teólogos son, en su mayoría, hombres que la carestía de la contemplación la sustituían por la agudeza en la interpretación de textos. La experiencia de la incertidumbre la asumía, como la vivencia del caminar en el desierto hacia una tierra prometida. Solía decir con respecto a esa tierra prometida que no se sabía dónde estaba, cuán lejos quedaba ni cómo se llegaba, sin embargo, se asumía como un peregrino, porque lo prometido era un horizonte de sentido que se descubría no en la contemplación del futuro, sino en el recogimiento de la mirada, en el azar de lo inmediato. Creo que ello se debía a que en el interior de su ser encontraba la brújula para orientar sus pasos, a partir de los extravíos, confusiones y aciertos que obtenía en el transitar la vida desértica. Empezó hablar del futbol, del juego como teatro, de pronto, lo miró fijamente y le dijo: ¿Sabes? la concepción trágica de la vida no supone un estado depresivo, oscuro y tormentoso de la vida. Por el contrario, es la asunción de lo claroscuro, constitutivo, de la naturaleza humana. Es como el artista, trabaja obsesivamente en su obra, porque quiere presionar su mundo interior hacia los otros, quiere vaciarse, entregándose por completo a la exterioridad. Su lucha permanente es para encontrar su voz, su discurso, dar cuenta de aquello que quiere decir, a través de la pintura, la escultura, la pintura, la música o la poesía. Y cada obra después de realizada la siente y la percibe como un boceto inacabado de lo que deseaba y, por eso, indaga de nuevo, busca nuevas herramientas para expresarse, para presionar hacia el mundo su vida, su concepción del mundo. Es una carrera constante, trágica, porque nunca está satisfecho. Pero, la insatisfacción de lo que hace se transforma en el mejor combustible para intentarlo de nuevo, para hacerlo de nuevo, ahora con armas más poderosas fruto del aprendizaje obtenido, de los asuntos que no resolvió en el trabajo anterior. El artista siempre está en falta, aunque haya recorrido un largo trecho. Hacernos artistas de sí mismos, es la asunción de la existencia, como una obra de arte. Se trata de esculpirnos permanentemente. Siempre seremos bocetos de lo que queremos ser, en la misma medida que vamos siendo. Esas marcas, moldeadas con los cinceles de la vida, son huellas que trascienden. El artista trasciende, en su obra, la inmanencia, pero su obra nació, se configuró, a partir de su cotidianidad, de su inmanencia. Justamente, esa vocación obsesiva del artista es lo que propongo para hacernos como persona de manera inacabada. Esa vivencia termina con la muerte. Se levantó intempestivamente, agarró sus libros, sonrió y se despidió, en medio de un alboroto, por el triunfo del equipo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

FRAGMENTO: Cuál huella o la vida en clave de Tal Vez…

- La proposición: La vida es un arte. Es una expresión hermosa pero no se adecúa a la tragedia que uno vive a diario. No entiendo cómo se puede asumir de esa manera. Más bien la vida es una tragedia. - Dices bien. La vida es trágica. Muchos filósofos han reflexionado sobre el sentido trágico de la vida. El maestro Unamuno fue uno de ellos, también Nietzsche y, desde otro ámbito, Georg Simmel. La naturaleza trágica reside en los opuestos que conviven en nosotros desde el nacimiento, animales con espíritu. Cuando damos mayor alegría a nuestro alrededor, comunicamos menos nuestro sentir. Piensa en el bebé y su incapacidad para dar cuenta de él. Cuando tenemos más ilusiones, más utopías, más deseos de cambiar, de transformar el mundo, no tenemos el aparataje conceptual, ni la experiencia necesaria para hacerlo. Piensa en la adolescencia, su potencia vital y la falta de recursos teóricos y vivenciales para hacer algo de lo mucho que se desea. Cuando empezamos a comprender el tránsito del vivir y nos planteamos rutas posibles para hacerlo, la otredad nos exige desprendimiento para ayudar a otros a vivir. Piensa en la edad adulta y la conformación de la familia. Cuando empezamos a comprender los sentidos del amor y el horizonte de trascendencia, nos hace falta tiempo y fuerzas para vivir. Cuando se comprende a la madre, al padre, a los hermanos a plenitud, ellos no suelen existir. Piensa en la vejez y sus imposibilidades orgánicas. - ¿Viste? Me das la razón. Cómo entender que eso es bello, hermoso. - No te apures. No saques conclusiones rápidas. Nuestro sentido de trascendencia está mezclado, amalgamado, con nuestra inmanencia. La inmanencia es nuestro cable a tierra. Es lo que compartimos con todos los seres vivos, es la cotidianidad. Como seres halados por el espíritu queremos trascendernos a nosotros mismos, ello nos conduce a tratar de dejar nuestra huella en los otros. Las mamás lo dicen bien: “Hijo lo más valioso que te dejo, en herencia, es la formación”. Ese sentido se amplía y, entonces, la huella que se quiere dejar se hace en una organización, en un escrito, en una pintura, en una teoría, en una novela. El sentido de trascendencia es el testigo que se le entrega al otro, para que él viva su vida, pero mantenga como referencia dentro de sí, el testimonio de alguien que vivió de una determinada manera. Ahora bien, esa trascendencia, ese dejar la huella, es fruto de las vivencias, podríamos decir de la inmanencia. - Me molestas cuando te pones tan filósofo. - ¿Qué entiendes tú por eso? - Bueno, que dices cosas incomprensibles o abordas los asuntos con un montón de palabras que uno se pierde en tan sólo comprender qué es lo que dices. - Te refieres no al filósofo sino, tal vez, a una incapacidad mía. Lo que está mal dicho, enredado, está mal pensado, decía un viejo filósofo. El filósofo no es aquél que oscurece por el solo placer de hacerlo. Por el contrario, su virtud, su oficio, es el de articular ideas y conceptos para dar cuenta de las interrogaciones que le atormentan. Tal vez, el filósofo tiene más preguntas que respuestas. Sus reflexiones apuntan a colocar su olfato en esos asuntos obvios, pero que tal vez, si se piensan concentradamente, tal vez, no lo son. Y eso asusta mucho, porque uno queda como sin referentes, sin suelo… pero es un recorrido valioso para rehacer, para reconstruir. Ese arte de preguntar es otra de las manifestaciones del querer dejar huellas… Todos queremos dejar huellas y, aún sin pensar ese propósito, lo hacemos. Conocí a un joven que se sentía atormentado en la vida. Cuando jurungué en su interior, en el fondo, su tragedia era que no podía vivir la vida ni de sus padres ni de sus tíos, creyendo que vivía su propia vida. Ellos sin saber habían dejado una huella tan profunda, en ese muchacho, de cuál era la vida que valía la pena vivir… (hizo una pausa lenta y oscura) que el otro, el joven, sentía que una vida plena era reiterar la vida del otro, a su estilo y manera, pero reiterarla; su imposibilidad, lo atormentaba… Eso es más común de lo que te imaginas. Tal vez, si los referentes de ese joven, los padres y tíos, se percataran de la huella que dejaban entonces, tal vez, sólo tal vez, actuarían distinto, no lo dejarían todo al azar... Y, quizás, podían aliviarle un tanto el sufrimiento a ese joven. - Pero te desviaste del tema… Entonces, - Es hora de irme al trabajo, seguimos en otra oportunidad…

martes, 16 de octubre de 2012

LA VIDA: UN JUEGO, UN ARTE

La vida es como un juego de futbol. Tienes un horizonte, un sentido, un planteamiento de lo que quieres hacer para lograr lo que te propones. Ese plan nunca se lleva a cabo tal como se planifica. El plan nos da el sentido de cómo jugar. Aferrarse a él sin tomar en consideración las contingencias es absurdo. La destreza del jugador consiste en la creación de movimientos y jugadas, analizadas in situ, sin perder el sentido general de lo planteado. A veces, la adversidad, dada por la manera cómo juega el otro equipo, conduce a replantear toda la estrategia y aún así, en el fragor de los minutos, se mantiene, se varía o se construyen, las tácticas. La creatividad para atacar, defenderse o recrearse en el toque, mientras se estudia al contrario, es lo que configura la belleza del juego. Su belleza no está sólo en la finalidad. El gol es el punto final de una trama de decisiones, unas planificadas y otras contingentes. El resultado puede ser el mismo para dos equipos, pero podemos discernir cuál de los dos hizo mejor juego. El mejor juego no sólo reside en la fuerza y la resistencia sino y, quizás sobre todo, en la creatividad que se percibe en la estrategia general, en las tácticas y en las acciones de cada jugador. Asumir la vida como un juego, supone responsabilizarse por estudiar cómo actuar, cómo elaborar nuestros planteamientos generales, nuestra estrategia, pero con la certeza que la concentración no es forzar lo planificado e intentar llevarlo a cabo sin importar las contingencias, sino por el contrario, la concentración es para crear tácticas, movimientos, en cada circunstancia, dependiendo de lo que acontece sin perder el horizonte de sentido planteado. El horizonte de sentido de nuestro juego es la elección de lo que queremos ser, en la misma medida que lo hacemos. Precisamente, en ese jugar, en esa apuesta, se pone todo el ser en movimiento. Es razón, pasión, sudores y un olfato instintivo, para decidir. La estética es fisiológica. Al igual que en el juego de futbol, un juego vistoso, hermoso, bello, no necesariamente tiene un final feliz. Se puede perder, aún sabiendo que se jugó hermosamente bien, pero que imponderables condujeron a un resultado terrible. Dos pelotas que pegaron en los travesaños de la portería, un penalti, injustamente cantado por el árbitro, por ejemplo, pueden generar un revés, aún con un juego bellamente llevado. Sería un error para un director técnico de un equipo de fútbol, cambiar todas las estrategias y tácticas, por un resultado adverso. Implicaría que no piensa el juego en su conjunto. Igualmente en nuestras vidas. Los resultados no son el único criterio para mirarnos. Debemos mirarnos de conjunto y concentrarnos en el día a día, para crear nuevas jugadas, para atacar, para defendernos o para reposar. El juego de futbol, así como la vida, se hace obra de arte, en la medida que se manifiestan acciones creativamente hermosas. Entendemos su hermosura porque causa placer el detenerse a contemplarlas. Es arte porque admiramos la jugada. Dirigimos la mirada hacia esa jugada, porque nos atrae, regocija todo nuestro cuerpo, sin una utilidad específica, sino la de contemplar con toda la pasión, con todos los órganos, con toda la razón geométrica. Solemos exclamar ¡Qué jugada tan bella!, aún cuando no conduzca al gol. Obviamente, una jugada bella que culmine en el gol, genera un estado orgiástico de clímax. Es la tribuna que se alza en un solo grito celebratorio. El juego, la jugada, es un arte efímero para el espectador porque dura el tiempo en que se ejecuta la acción, pero para el jugador que está consciente de lo que hace en el momento de su hacer, se transforma esa creación en un acervo que podrá utilizar en cualquier otra circunstancia, es un arte que permanece en él y se maximiza con su ejercicio, con la reiteración. Un jugador se hace en lo que hace. Lo que hace es una manifestación estética. Más aún, si el jugador hace lo que hace, dentro de los límites de las reglas, su juego cobra mayor fuerza, mayor atracción. Eso no significa que no transgreda las reglas. Su lógica no es transgredirlas, pero sabe que hay contingencias que intuitiva o calculadamente puede hacerlo, se atreve hacerlo, aún sabiendo de los castigos y las penalizaciones. Incluso en la transgresión se puede admirar la estética del jugador, pero no se aferra a la transgresión como modo de jugar, sino que lo concibe como un accidente dentro de su hacer. Precisamente, en esas decisiones es donde se cuece su carácter. La jugada es estética y el creador, el artista, las realiza desde una concepción del juego, una mirada, donde está atravesado por la lúdica y la ética. La vida es un juego que termina con la muerte.

jueves, 11 de octubre de 2012

LA BELLEZA DEL CUERPO

Llegó del mar, perturbado. No eran las grietas sangrantes de su rostro que le hacían padecer. Era la imagen de sí mismo. ¿Cuánto costaría una cirugía? ¿Cómo podían aceptarlo, si el mismo no se aceptaba? Él, desde el acontecimiento, maldijo el azar, por su horrible figura. El viejo quien había pasado años disfrutando y sufriendo la mar, lo miraba agridulcemente. Sé que no dejarás de afligirte hasta reconstruir tu rostro. Siguió hablando para sí mismo, o para ser justos, teatralizando un soliloquio, pero con la firme intención de ser un tábano para su nieto. Te interpretas feo. La fealdad se la achacas a la mar. A su azar. Está feo tu rostro, es verdad. No es como el de ayer. Tu rostro era distinto. Pero el mástil no es el culpable de tu desgracia. Tampoco la tempestad. Ni la violencia de las olas. Tu desgracia no es la fealdad que miras en tu rostro, sino la falta de belleza de tu cuerpo. Un cuerpo bello es lo más digno de ser admirado en él. Si le preguntamos a cualquier persona qué es lo más digno de ser admirado de su ser, difícilmente responderían el culo, el ojo o la boca, a menos que se asuma como un estricto objeto, un objeto artístico. Pero ni siquiera esas mujeres y hombres que se saben productos, objetos artísticos, objetos deseados, que saben perfectamente que su imagen está en la fantasía de miles de orgasmos, ni siquiera ellos, se atreverían a decir que lo más digno de admirar de su ser es su exquisita figura. Por sentido común saben que se les llamaría estúpidos, idiotas. Lo que se ve con agrado, lo que causa sorpresa y detenimiento para contemplar de mil maneras y formas, lo que genera un deseo irresistible de estar y acompañar a otro cuerpo, por largos períodos, es el actuar de ese cuerpo. La quietud para contemplar la adversidad y con prudencia intervenir con todo su poder, la soltura para dejarse llevar y la firmeza para resistir a lo dado, la sonrisa como expresión dulcísima de paz, la mirada comprensiva de las fallas del otro, la mano suavísima para educar. Un bello cuerpo se hace lentamente. Un cuerpo bello no se deteriora con el pasar de los años, sino por el contrario, es como el vino, lo añejado es su virtud. Movió su silla de rueda, lentísimamente firme, y se acercó. Le dio un beso, en su rostro ensangrentado.

viernes, 5 de octubre de 2012

POLÍTICA, FACEBOOK Y VIDA INTERIOR

Durante gran parte de mi vida, he tenido un activismo político. En distintos órdenes y en diversas dimensiones. En los últimos cinco meses de mi vida, no había escrito nada en el orden de la política pública, me había concentrando en mí mismo, para revisarme, pensarme. Me tomé en serio la actividad de colocarme como objeto de estudio, para conocerme y cuidarme. De esa manera, consideré que podía ayudar más a mi familia en las convulsiones y tormentas que habíamos tenido durante el año. El sufrimiento familiar, por la violencia política ejercida contra nosotros y el desajuste laboral, se convirtió en un extraordinario seminario teórico práctico para renovarnos como familia. Desde hacía diez años de forma más o menos sistemática, un grupo de amigos filósofos estábamos repensando nuestro quehacer (algunos tienen más tiempo en esa ruta), así dimos fruto al Grupo Internacional de Investigación en Prácticas Filosóficas EPIMELEIA (http://www.ub.edu/practicafilosofica/epimeleia/miembros.html), amigos como el Dr. Ruperto Arrocha, tienen páginas en Facebook como Filosofía Clínica o la Dra. Rayda Guzmán, tienen blog como Consultorio Filosófico… Ese acervo de investigación filosófica y de diálogo en diversos congresos fue el soporte, el colchón, para repensarme en este último año, para afrontar la adversidad. El fruto de esa experiencia de revisión práctica y teórica de mi existencia, a la luz de tradiciones teóricas que se cruzan entre la filosofía, la psicología y la religión, han sido mis últimos escritos y el blog “Filosofía de la Actitud”. La excepción fue el artículo de ayer “Esfuerzo chavista y tristeza en sus seguidores”, publicado en mi perfil de facebook, donde vuelvo a manifestar mi mirada política del cierre de campaña. Más allá de los amigos que piensen distinto o de aquéllos que les parezcan muy acertadas mi opinión política, quisiera compartir con todos una vivencia, en pleno desarrollo, y brindar una reflexión desde la Filosofía de la Actitud. El día de ayer, 4 de octubre, ha sido el día de más movimiento, desde hace mes y medio, de mis escritos en facebook. Pasión, argumentos y opiniones, a favor y en contra, se han colocado. Es lógico, nos preocupa de distintas maneras y forma la Vida del País. Hoy me levanté pensando que si la pasión política constitutiva de nosotros como seres humanos, tuviera la misma intensidad que la pasión por la vida familiar, la misma pasión por abordar la vida de uno mismo como ámbito de reflexión, de análisis, si discutiéramos en el tribunal interior las formas y manera de gobernarnos, de cómo salir de esas crisis cotidianas que nos acontecen, si pudiéramos hacer un registro de las múltiples enseñanzas de nuestros ancianos, mirando sus aciertos y sus errores, si el pensar estuviera atento del quehacer diario, tal vez, las industrias de fármacos antidepresivos, de ansiolíticos, disminuyeran su producción. Tal vez, tuviéramos otras maneras de relacionarnos, otras maneras de debatir sobre el bien común, otras políticas de la amistad. No hay que temerle a las pasiones. A veces, lo que le falta a nuestra vida diaria es pasión. A veces, la represión de las pasiones en los asuntos vitales de la existencia, conducen al desborde de pasiones en lo exterior. Se desborda el exterior por la incapacidad de controlar pasionalmente el mundo interior. La política es un asunto importante, sustancial, en la convivencia. Pero ella no es un ente abstracto. Se configura por unos sujetos. La filosofía de la Actitud tiene por finalidad pensar en la configuración de esas personas. ¿Cómo nos hacemos a nosotros mismos? ¿Cómo construir una política de nuestro ser? ¿Cómo tomamos decisiones diarias? ¿Cómo habitamos el país de nuestro mundo interior? ¿Cómo nos gobernamos a nosotros mismos?... En nuestro mundo interior, en nuestro país interior, también habitan marchas y contra marchas, hay territorios inhóspitos, fracturas, luchas, confrontaciones… ¿Cuánto tiempo somos capaces de dedicarle a ese territorio?.... No hay una respuesta desde el Deber Ser… Cada quién debe mirarse al espejo… A la racionalidad científica del Occidente Moderno, le parece esto resabio medieval, una especulación para religiosos o pérdida de tiempo, mientras consumen sacos de fármacos, drogas o viven entre familias destrozadas. ¿Mi mayor pasión? ¿Por quién lloro, sufro o me alegro? ¿Por quién me entrego?... Mi mayor pasión está puesta en la política de mi interior, en la política familiar, en la política de la amistad… Allí entrego todo mi saber… Desde allí, también con pasión, miro y participo en la política del país. Con una escala clarísima de mis prioridades. Ese es el Jonatan Alzuru del aquí y el ahora.

martes, 2 de octubre de 2012

LA ABUELA, SU ACTITUD

El repicar de sus tacones hizo compás con el estruendo de la puerta. Hacía calor. Ella la intuyó en la distancia. La vio nacer. La tuvo en sus brazos. La respiración agitada y su paso acelerado, eran manifestaciones muy limpias de su cólera. Al verla, se le lanzó a los brazos sumergida en llanto. Me siento mal abuelita. El nombre de la Fundación quedó por el piso y tanto esfuerzo que hemos hecho. Yo lo dije, pero su directora… No pudo seguir hablando, se desbordó su tristeza confundida con dolor, amargura y rabia. Una maraña de sentimientos ocupaba su alma. Eran años de esfuerzo que veía cómo se derrumbaban en un par de reuniones. No es por mí abuelita, es… No sigas hijita. Llora tu rabia. ¿Sabes? Estas llorando por ti. La voz melodiosa de la anciana, se abría como una inmensa biblioteca de algodones y rosas, cabillas y esmeraldas, era un viento de ríos y mares de antaño. Era la vida quien hablaba. Casi en susurro, mientras la apretaba contra su pecho, le dijo: Te has entregado a ese oficio con pasión, ilusión e inteligencia. Sientes que has dado lo mejor de tu vida. Y, en poco segundos, todo se derrumba como un castillo de naipes. Tienes múltiples dolores. La rabia, esa cólera, la impotencia son fruto de tus interpretaciones. A veces hacemos las cosas, pensando que estamos dando lo mejor de sí y nos molestamos cuando no se nos reconoce. Tu rabia no es por la Fundación, sino por tu nombre. Por eso estas dolida. Si te hubiesen reconocido, piensas tú, habrían tomado en cuenta tus recomendaciones y nada saldría mal. La mirada más importante no es la del otro sino la tuya. Si actuaste bien, por qué la rabia, el dolor, lo que sucede no es tu responsabilidad. ¿Por qué sufres?... En el fondo hija mía, tu sufrimiento es el deseo de controlar el cauce del mar. Pero resulta que el mar no tiene cauce. Se levanta en olas, crece, danza en remolinos y retrocede. El mar no está en paz ni en guerra, sino tu interior. No busques discípulos que cumplan tu palabra. Sé discípula de tu propia voz. Cada quien asume su propia vida. No cargues con la vida de otros cuando ni siquiera sabes cargar con la tuya. Los otros no tienen por qué asumir lo que tú asumes. Para ellos la fundación es un oficio más, no una apuesta de vida. Tú deseas que todos los de la Fundación asuman su oficio como una familia. Cada quien tiene sus familias. Amada hija, mi nene, todos los oficios son iguales. El asunto es tu actitud. Reconocerte es mirarte en el espejo cada noche y sentarte en tu tribunal interior, sin esperar el reconocimiento del otro y mucho menos esperar que el otro, porque te valora deba actuar como tú piensas. Nadie sabe los misterios y los infiernos que hacen que el otro actúe de una manera determinada. A veces ni siquiera sabemos por qué y cómo actuamos nosotros mismos, ¿Te imaginas, solicitarle, a los demás, coherencia y rectitud? Si asumes tus contradicciones, tus vacíos, tus acciones no pensadas que desdicen de tus palabras, entonces, serás más afable para comprender a los otros… Un héroe deja de serlo, cuando nadie lo tiene como tal. Pero, y esto es lo clave, la heroicidad está en hacer lo mismo, soportando el silencio de miradas, sin llenarse de tristeza, y viendo el transcurrir del mundo. El hombre menos reconocido fue Jesús de Nazareth, es un antihéroe. El silencio se apropió de los cuerpos. Su cuerpo se resistía. Un videoclip, de su mundo, bombardeaba el resquicio de paz que necesitaba. Le secó las lágrimas con el delantal y con el canto del oriente, le dijo: ¿Me ayudas hacer las empanadas?