Se trata de un blog donde podrás encontrar reflexiones que te ayuden a replantear tu existencia, siendo tú el artista de tí mismo. Se trata de narraciones y reflexiones que provienen de las grandes tradiciones filosóficas como el estoicismo, el epicureísmo, aplicadas al mundo contemporáneo. Te invitamos a vistar nuestra página de facebook. Filosofía de la Actitud.
viernes, 7 de septiembre de 2012
LA ACTITUD DE ARMANDO ROJAS GUARDIA
Armando Rojas Guardia es un poeta y ensayista venezolano. Pero sobre todo es un filósofo en el sentido que desde muy joven se ha planteado interrogantes sobre su propia vida que lo han conducido a indagar, obsesivamente, en tradiciones filosóficas, religiosas, psicológicas para explicarse a sí mismo. Ha perseguido sus fantasmas, los ha enfrentado y en esa misma medida, ha desarrollado una obra poética y ensayística importante no sólo desde la perspectiva del ejercicio intelectual y artístico, sino, y quizás sobre todo, como un referente espiritual de alguien que ha enfrentado los verdaderos demonios en su vida cotidiana. Se ha configurado a sí mismo como un ser que ha logrado vivir, aún en medio de fuertes tribulaciones, una vida más serena. Batallando, permanentemente, con su mundo interior. Es un filósofo de la actitud, no tanto por sus conocimientos teóricos, sino por sus saberes prácticos que inundan de diversas maneras, formas, y estilo su obra.
Me he alimentado de sus libros, pero sobre todo de los diálogos que he sostenido a propósito de su obra, sus miradas del mundo. La obra de Armando Rojas Guardia será un referente importante en las reflexiones que iré desarrollando en este blog.
Su formación inicial fue con los jesuitas, tuvo una vivencia espiritual, poética y política junto a Ernesto Cardenal en Solantiname y sufrió su primera hospitalización psiquiátrica tras la muerte de madre. En su libro Crónica de la Memoria (1999), una autobiografía escrita en segunda persona del singular, dice lo siguiente:
“Tu primera hospitalización tuvo lugar poco después de la muerte de tu madre, la cual fue un verdadero catalizador de ese inicial brote psicótico que te aguardaba desde hacía años (…) la angustia se transformó en pánico y la paranoia larvada se agigantó en verdadero delirio, bajo la forma totalizadora de una depresión nerviosa para la que no había consuelo. Cuando acudiste por primera vez a un psiquiatra, recomendado por algunos amigos, ya era tarde: sólo los fármacos podían ayudarte (…) estando hospitalizado entraste en relación con un terapeuta jungniano. Todos los días iba a visitarte, durante tres cuarto de hora, y las conversaciones con él confirmaron tu apreciación de que aquella enfermedad podía ser iluminada por la pluma de un Dante: era un viaje, a través del infierno y el purgatorio, hacia el Paraíso consciente alcanzado después de haber recorrido íntegramente el espacio austero de la depresión. Para aquel terapeuta, no se trataba de intentar salir con ímpetu compulsivo del estado depresivo, sino por el contrario de sumergirse voluntariamente en él, lo cual proporciona a la psique una bienhechora lentitud, un ritmo parecido a lo que en música se denomina largo, cadencia aleccionadora que el mito de la velocidad roba a las posibilidades mentales del hombre contemporáneo. En la liturgia del alma, la depresión conformaba un tempo específico, donde la paciencia se volvía atanor alquímico de la maduración espiritual.(…) Las charlas con tu terapeuta, que por iniciativa suya se efectuaban durante largos paseos por las calles adyacentes a la clínica, te convencían más y más de que todo psiquiatra o psicólogo debe ser, ante todo, un maestro espiritual (…) A pesar de un período de frecuentes recaidas, las cuales ameritaban nuevas estadías en lugares de reclusión, él te enseñó encarar esas explosiones psicóticas como las exclamaciones insoslayables de tu interioridad (…) Las crisis se han ido espaciando notablemente en tu madurez, y sólo de vez en cuando te advienen los síntomas de una enfermedad que conoces ya muy bien, distinguiendo de lejos sus anuncios, sus preludios. Para decir que la conoces muy bien señala que ella, y sus consecuencias sociales, te han mostrado otra manera de ser modesto…” (Rojas Guardia, 1999/2006: 386-391)
La actitud de Rojas Guardia, ese hacerse en el crisol de su propia enfermedad es por el oído que le ha puesto a su propio ser. Al cuidado de ese prójimo, el más cercano que tenemos, nosotros mismos. Una atención integral al cuerpo es su vivencia. Lo dice de alguna manera en su primer libro de ensayos, El Dios de la Intemperie:
“Ser leal al cuerpo es, también, aceptar totalmente su precariedad, sus cansancios, sus hastíos, esa tristeza que le empapa a veces, como una oleada amarga que sube hasta la boca, su torpeza –que a veces desemboca en una gracia compacta y plena-, su avidez –que es lo suficientemente sabia como para advertir, igualmente, la voluptuosidad de la desnudez y el despojamiento-, su horror a la muerte, su búsqueda de la verdad escueta del mundo, a la que pertenece íntegramente a través de la heterodoxia del deseo y de los imprevisibles caminos del instinto. Ser fiel al cuerpo es amar todo eso, pactar con todo eso.” (Rojas Guardia, 1985/2006: 64)
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