viernes, 28 de septiembre de 2012

CRISIS Y ACTITUD

En la vida, a veces por contingencias exteriores que no dependen de uno o por acciones que realizamos sin saber por qué las hacemos, por decisiones equivocadas, entramos en situaciones complejas donde se genera una tribulación en nuestro ser. Ese acontecimiento o situaciones conducen a lo que solemos llamar crisis. La crisis es una tormenta, un tsunami, en nuestro ser. Fractura de relaciones, fracturas laborales, fracturas en la familia o encrucijadas donde cuesta discernir cuál es el camino que pensamos nos puede conducir a un mínimo estado de bienestar. Es un momento donde sentimos que el mundo se nos viene encima. Una crisis es cuando nos colocamos como objeto de nuestro pensamiento y nos preguntamos cuál es el sentido de nuestra existencia. Hacia dónde quiero ir, cuáles son mis deseos, qué hago con mi pasión, cuál es mi horizonte de sentido de mis acciones. Lo común es que nos asalte el deseo de no pasar por esos acontecimientos. El deseo de estar como en el vientre materno, donde otra persona cuida de nosotros y nos conduce permanentemente. Donde no tenemos responsabilidad de nosotros mismos. Sin embargo, esa ficción, la vuelta al seno de la madre, se confunde con el deseo de morir. Justamente, porque es el estado que no sabemos de sí, es un estado donde ya no hay tribulación puesto que dejamos de existir. La vida es ese fragmento de puente entre el vientre y la tumba. Y es vida, justamente, porque es un río que no podemos controlar, pero sí hacernos cargo de nosotros mismos, para vivenciarlo, experimentarlo. Unas veces, podremos tener momentos placenteros porque las aguas están en calma y en otros vivimos los rápidos, los remolinos y las crecidas del río que nos generan angustia porque se pone en juego nuestra existencia, a esos momentos le llamamos crisis. Las crisis son extraordinarios momentos para aprender, para adquirir pericia. Un hombre de mar, un buen marino, se hace al vivenciar múltiples y diversas dificultades en la mar, las supera y está pendiente para asir en su ser, cómo hizo para superar esas situaciones. Las crisis son un regalo de la vida para hacernos. El asunto esencial es la actitud. La actitud del aprendiz de marinero sería la metáfora que describe la sensibilidad para abordar nuestras crisis.

viernes, 14 de septiembre de 2012

HOMBRES DE MAR

Estaba desesperado al igual que sus dos compañeros. Era el séptimo día sin comida, les quedaba un litro de agua y la balsa crujía sórdidamente en el batir de las olas. Habían logrado avanzar doce kilómetros, aproximadamente. No se veía la tierra firme ni el archipiélago. Él decidió regresar. Le quedaban, según sus cálculos, ocho veces la distancia recorrida para salvarse. Ellos ya no querían escuchar. Seguir adelante a todo riesgo, parecía la consigna que murmuraban en su interior. De pronto, en el firmamento, apareció un hilo de tierra. Los maderos empezaron una danza solitaria. Llovía. Pedro se lanzó en un arrebato desesperado a nadar descontroladamente. No había recorrido doscientos metros cuando su cuerpo le falló. No vayas le dijo, no tiene sentido. Morirán los dos. No tienes fuerzas ni preparación para salvarlo, -tragó la saliva oxidada como un veneno de cuentos infantiles- Las olas se crispan en las tardes y la tormenta incrementa. Su voz acicalada de metal resonó en acritud. ¡Maldito! ¿Cómo puedes hablar con tanta tranquilidad cuando tu hermano está a punto de morir? ¿No tienes conciencia? ¿Acaso no te duele? Hizo un silencio de vinagre gris, mientras el sabor agrio de la existencia se le acurrucó en los dedos del alma. Aguantó las dos cachetadas de su amigo y el empujón, estoicamente. Se quedó observando cómo se ahogaba, el hijo de su madre, su compañero de aventuras, el querido en las alegrías y tristezas, recordó el poema de César Vallejo… “Hay golpes en la vida tan fuertes…” Con una lágrima que se columpiaba en su estricto y rígido dolor, le dijo, el viento está a nuestro favor, volvamos ahora, todavía la balsa suspira, luego será tarde. Mañana lo intentaremos… de nuevo.

viernes, 7 de septiembre de 2012

LA ACTITUD DE ARMANDO ROJAS GUARDIA

Armando Rojas Guardia es un poeta y ensayista venezolano. Pero sobre todo es un filósofo en el sentido que desde muy joven se ha planteado interrogantes sobre su propia vida que lo han conducido a indagar, obsesivamente, en tradiciones filosóficas, religiosas, psicológicas para explicarse a sí mismo. Ha perseguido sus fantasmas, los ha enfrentado y en esa misma medida, ha desarrollado una obra poética y ensayística importante no sólo desde la perspectiva del ejercicio intelectual y artístico, sino, y quizás sobre todo, como un referente espiritual de alguien que ha enfrentado los verdaderos demonios en su vida cotidiana. Se ha configurado a sí mismo como un ser que ha logrado vivir, aún en medio de fuertes tribulaciones, una vida más serena. Batallando, permanentemente, con su mundo interior. Es un filósofo de la actitud, no tanto por sus conocimientos teóricos, sino por sus saberes prácticos que inundan de diversas maneras, formas, y estilo su obra. Me he alimentado de sus libros, pero sobre todo de los diálogos que he sostenido a propósito de su obra, sus miradas del mundo. La obra de Armando Rojas Guardia será un referente importante en las reflexiones que iré desarrollando en este blog. Su formación inicial fue con los jesuitas, tuvo una vivencia espiritual, poética y política junto a Ernesto Cardenal en Solantiname y sufrió su primera hospitalización psiquiátrica tras la muerte de madre. En su libro Crónica de la Memoria (1999), una autobiografía escrita en segunda persona del singular, dice lo siguiente: “Tu primera hospitalización tuvo lugar poco después de la muerte de tu madre, la cual fue un verdadero catalizador de ese inicial brote psicótico que te aguardaba desde hacía años (…) la angustia se transformó en pánico y la paranoia larvada se agigantó en verdadero delirio, bajo la forma totalizadora de una depresión nerviosa para la que no había consuelo. Cuando acudiste por primera vez a un psiquiatra, recomendado por algunos amigos, ya era tarde: sólo los fármacos podían ayudarte (…) estando hospitalizado entraste en relación con un terapeuta jungniano. Todos los días iba a visitarte, durante tres cuarto de hora, y las conversaciones con él confirmaron tu apreciación de que aquella enfermedad podía ser iluminada por la pluma de un Dante: era un viaje, a través del infierno y el purgatorio, hacia el Paraíso consciente alcanzado después de haber recorrido íntegramente el espacio austero de la depresión. Para aquel terapeuta, no se trataba de intentar salir con ímpetu compulsivo del estado depresivo, sino por el contrario de sumergirse voluntariamente en él, lo cual proporciona a la psique una bienhechora lentitud, un ritmo parecido a lo que en música se denomina largo, cadencia aleccionadora que el mito de la velocidad roba a las posibilidades mentales del hombre contemporáneo. En la liturgia del alma, la depresión conformaba un tempo específico, donde la paciencia se volvía atanor alquímico de la maduración espiritual.(…) Las charlas con tu terapeuta, que por iniciativa suya se efectuaban durante largos paseos por las calles adyacentes a la clínica, te convencían más y más de que todo psiquiatra o psicólogo debe ser, ante todo, un maestro espiritual (…) A pesar de un período de frecuentes recaidas, las cuales ameritaban nuevas estadías en lugares de reclusión, él te enseñó encarar esas explosiones psicóticas como las exclamaciones insoslayables de tu interioridad (…) Las crisis se han ido espaciando notablemente en tu madurez, y sólo de vez en cuando te advienen los síntomas de una enfermedad que conoces ya muy bien, distinguiendo de lejos sus anuncios, sus preludios. Para decir que la conoces muy bien señala que ella, y sus consecuencias sociales, te han mostrado otra manera de ser modesto…” (Rojas Guardia, 1999/2006: 386-391) La actitud de Rojas Guardia, ese hacerse en el crisol de su propia enfermedad es por el oído que le ha puesto a su propio ser. Al cuidado de ese prójimo, el más cercano que tenemos, nosotros mismos. Una atención integral al cuerpo es su vivencia. Lo dice de alguna manera en su primer libro de ensayos, El Dios de la Intemperie: “Ser leal al cuerpo es, también, aceptar totalmente su precariedad, sus cansancios, sus hastíos, esa tristeza que le empapa a veces, como una oleada amarga que sube hasta la boca, su torpeza –que a veces desemboca en una gracia compacta y plena-, su avidez –que es lo suficientemente sabia como para advertir, igualmente, la voluptuosidad de la desnudez y el despojamiento-, su horror a la muerte, su búsqueda de la verdad escueta del mundo, a la que pertenece íntegramente a través de la heterodoxia del deseo y de los imprevisibles caminos del instinto. Ser fiel al cuerpo es amar todo eso, pactar con todo eso.” (Rojas Guardia, 1985/2006: 64)

miércoles, 5 de septiembre de 2012

LA COMUNICACIÓN: ¿UN ASUNTO FÁCIL?

Los libros elementales que abordan el asunto de la comunicación la simplifican en emisor, receptor y mensaje, casi expresan esa vivencia como si se tratara de máquinas cargadas de certezas. Por el contrario, todos tenemos la experiencia de lo que cuesta comunicar nuestros deseos, nuestras ilusiones, nuestros temores, sentimientos, miedos, el cómo queremos que nos trate esa persona que amamos y también todos, en algún momento, experimentamos la incapacidad de expresar lo que queremos decir, sobre todo cuando tenemos discusiones, desde las más elementales hasta las que consideramos decisivas en nuestras vidas. Frases que reiteramos: “¿Qué quieres que te diga?”, “¿Acaso no te lo he dicho de infinitas maneras?”, “Es que tú no me entiendes”, “¿Por qué piensas eso de mí, si yo jamás dije eso?”, “No entiendo lo que quieres, hago una cosa porque creo que es lo que quieres y te molestas”, “¿Cómo quieres que te diga lo que te he dicho mil veces y tu pareces que no entiendes?”… Y así infinidades de expresiones que usamos en nuestra vida diaria dan cuenta que no es un asunto para tratarlo como una suma o un logaritmo, que cualquier persona que sepa o tenga conocimiento sabe no sólo qué se le pregunta sino cómo debe responder. La comunicación no es un asunto matemático aunque la lógica juegue un papel importante. Nacemos y nos enfrentamos a la primera tormenta de la vida, comunicar a los otros nuestro sentir y su imposibilidad de hacerlo. El bebé, mientras todos están literalmente felices por su nacimiento, sufre el primer tormento de estar arrojado al mundo. La imposibilidad de comunicar de diversas maneras y de una forma apropiada qué le sucede. Todos sus sentires son expresados de una misma forma, un llanto. La habilidad de los padres es ir descubriendo, por ensayo y error, las necesidades del bebé para satisfacerlas. Es un aprendizaje complejo para toda madre y todo padre. Aún cuando haya tenido varios hijos, cada uno se presenta como un regalo lleno de sorpresas que no se sabe bien cómo entrarle. De allí la angustia natural de las madres y los padres. A veces pasamos horas viendo al bebé recién nacido para ver si está durmiendo o respirando bien o si tiene alguna incomodidad. El objetivo de los padres es que ese bebé sufra esos avatares cotidianos y diarios de la mejor manera posible y de ser posible que nunca lo sufra. Expectativa ésta que jamás podría cumplirse porque implicaría que la madre o el padre tienen una conexión tan extraordinaria que siempre saben con exactitud cuál es esa necesidad. Debemos ser realistas, la incomunicación y la lucha por aminorarla, esa fractura, es constitutiva de la experiencia humana. Recién estamos aprendiendo hablar y a comunicarnos con los otros, entramos al sistema educativo. Un sistema que poco se ocupa de ejercitarnos en ese arte de expresar nuestras miradas. Por el contrario, el ejercicio permanente desde preescolar hasta la universidad, es ejercitarnos en responder asuntos, cuestiones, desde la mirada de los otros. Recuerde lo que pensaba cuando le mandaban un trabajo o presentaba un examen en la escuela, en el bachillerato o en la universidad: ¿Qué querrá el profesor que yo haga? ¿Qué debo contestar y cómo, para que él sepa que yo sé?... Nos habituamos no tanto a dar cuenta de nosotros, qué queremos decir, sino a pensar qué es lo que el otro quiere que yo diga, qué es lo qué debería decirle al otro… Nos hacemos unos artistas interpretando al otro y desde el análisis que hacemos de lo que creemos que el otro quiere o debe escuchar, entonces, nos planteamos qué decir… El sistema educativo nos entrena para no expresarnos. Por el contrario, nos habitúa no sólo a que respondamos desde la mirada del otro, sino que lo hagamos de una forma específica. No tenemos entrenamiento dentro del sistema educativo para expresar de distintas formas, maneras y recursos nuestras percepciones del mundo y de aquello que conocemos. En muchos colegios se preocupan enormemente los maestros que sus alumnos tengan una letra bonita y no cometan errores ortográficos y jamás se plantean el sentido de la escritura para el niño en su formación como persona. Lo dan por un supuesto. Después de dieciséis o más años dentro de ese sistema de aprendizajes, nos impresionamos porque no sabemos comunicarnos. Coloco de manera marcada lo del sistema educativo, porque en casa, en este mundo moderno, nosotros como padres, no nos ocupamos de ese ámbito esencial en la vida de una persona, de nuestros hijos. Nos hacemos más bien muletas del sistema educativo. La filosofía es una herramienta que nos ayuda a pensar con claridad nuestros propios parlamentos. Conocer qué conceptos usamos y cómo los usamos. Ayuda a pulir nuestras maneras de hablar, de pensar, pero sobre todo, de analizar lo que nosotros decimos y cómo lo expresamos. La filosofía es una herramienta para clarificar la opacidad de nuestros lenguajes. Conocerse es irse clarificando, permanentemente, qué quiero decir cuando digo tal o cual cosa y solicitar amablemente que el otro clarifique, “no entendí que quieres decir, no comprendí el sentido de lo que me dices, me lo podrías explicar de otra manera”. Ese es el ejercicio más básico. Para ello, en principio, no podemos partir de la idea que los otros pueden comprender lo que digo de manera exacta o que yo comprendo a las primeras aquello que me comunican. Por el contrario, el ejercicio, es contrario. Partir del supuesto que yo no sé expresar de manera adecuada aquello que quiero decir y tampoco sé interpretar bien, lo que me dicen los otros. Clarificarse cada día es intentar expresar lo que se quiere decir con distintos recursos, canciones, poemas, metáforas, cuentos, anécdotas, pinturas, poemas, argumentos racionales. La clarificación fundamental está en uno. En cómo utilizo las palabras, en qué sentido las utilizo, con qué finalidad. Comunicarse es una vivencia consciente del arte de la expresión. Expresión significa presionar hacia el exterior, lo que está en nuestro mundo interior. Debemos educarnos en un ámbito donde la sociedad actual no nos entrena y, paradójicamente, es la práctica más habitual para convivir con el otro, nuestro lenguaje. La falta de entrenamiento es la fuente de muchísimos problemas cotidianos que se evitarían si nos proponemos conscientemente a educarnos. Tenemos que hacernos maestros de nosotros mismos. Unos padres que asuman el reto de educarse, tendrán una mejor pericia para educar y entrar a sus hijos en ese arte de vivir. Ese es uno de los retos fundamentales de una filosofía de la actitud.

martes, 4 de septiembre de 2012

SE LLAMABA PEDRO LEGARIA

Hace un par de años, siendo director del Centro de Investigaciones Postdoctorales, se me acercó un grupo de religiosas para solicitar ayuda de nuestros investigadores. Ellas deseaban que les ayudásemos a coordinar un proyecto educativo donde interactuaran diversos colegios, dirigidos por su comunidad, desarrollando proyectos de aula, proyectos sociales con la comunidad donde estaban insertos los colegios, querían inundar su propuesta con el espíritu del fundador llamado Pedro Legaria. El Centro asumió el reto y colaboramos durante año y medio en esa tarea. Esa labor significó que me acercara al mundo religioso. Aunque en mi juventud me bañaba en esos ríos, hacía mucho tiempo que no los navegaba. La mirada que tenía del mundo religioso la grafiqué en un par de ensayo que luego publiqué en un libro. Un mundo que te hace olvidar del mundo. En términos hegeliano-marxista, lo veía como una experiencia que enajena. Una vivencia que no te ayuda a conocerte. Sin embargo, al asumir el reto institucional, me dediqué a leer afablemente las cartas del fundador que me condujeron a revisar diversas fuentes teológicas como Santo Tomás, San Agustín, San Anselmo y, por último, San Ignacio. Ya tenía varios años estudiando a pensadores grecorromanos, Séneca, Cicerón, Marco Aurelio, Plotino. El asunto de la inquietud, cuidado y conocimiento de sí se había transformado en la columna vertebral de mis estudios, bajo la luz de Michel Foucault y Pierre Hadot. Me sorprendía la similitud de las cartas del fundador con las cartas de los pensadores antiguos. Ese fue mi enganche para leer afablemente. Había, en las cartas, expresiones, términos y vocablos que literalmente no soportaban mis oídos. Precisamente a ellos les dediqué más atención para intentar encontrarle el sentido que el sacerdote les daba. Él fundó una orden religiosa que su sólo nombre puede espantar a cualquier moderno. Las Esclavas de Cristo Rey. La palabra esclava la sentía como una patada a la noción de autonomía, a la soberanía de sí mismo, al gobierno de sí. Era la expresión de la anulación absoluta de la voluntad… Incluso algunos teólogos se han dedicado argumentar desde esa perspectiva. Eso me parecía insoportable. Pero he intentado en estos últimos años seguir el consejo de un brillante filósofo, Hans George Gadamer, hay que leer con afabilidad. Saber leer es tener la oreja para intentar comprender qué me quiere decir el otro, antes de colocarse en el ring para contrargumentar. El sentido que Don Pedro Legaria le da a la expresión nos arroja directamente a la intemperie de nuestra existencia, a la desnudez de nuestro cuerpo, es una invitación hacerse cargo de sí. Esa invitación, esa convocatoria, pudieran acudir cristianos, ateos, musulmanes, judíos, agnósticos… la sencillez de la interpretación no da cuenta del terremoto existencial que provoca en quien piensa, reflexiona y actúa en consecuencia. Asumirse esclavo de dios, es saber que uno no es el amo de Dios. En el día a día, sin querer y sin saber, los cristianos, nos solemos comportar como amos de Dios, las expresiones que usamos: “Dios mío que todo salga bien”, “Dios, por favor, cúrame a la muchacha”, “Esto se resolverá si Dios quiere”, “Te pido para que haya paz en el mundo” “Dios mío que no llueva”. La práctica oratoria es una solicitud a Dios para que él haga lo que nosotros deseamos y queremos, en términos prácticos que haga nuestra voluntad y, en muchos casos, caso que él asuma la responsabilidad por lo que acontece. El esclavo es aquél que no anda pidiendo que pase la tormenta, pidiendo milagros para transformar el acontecer, sino que se prepara, se ejercita, se hace cargo de sí, para enfrentar la tormenta. Su heroicidad es hacer de lo contingente, lo ordinario, una aventura sublime. Desde la fe asume la vida como un desierto donde no hay un camino claro y recto, sino es una experiencia de incertidumbre. Su caminar, su andar, es abriendo sus propios senderos, haciéndose responsable de su vida. El verdadero milagro es el hacerse un oasis, en medio de la sequedad del existir. Es incluso saber que de pronto, en la noche oscura, podemos gritar, “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” y del cielo no se oirá ninguna voz, esa vivencia de la fragilidad del existir y de su aprendizaje, es la aventura de hacerse hombre. Es la enseñanza más importante de Jesús. Descubrir el dios que habita en cada uno de nosotros.

domingo, 2 de septiembre de 2012

CONOCIMIENTO Y GOBIERNO DE SÍ ES UN EJERCICIO

El joven acompañó a su padre al estadio olímpico, era la final de las competencias de atletismo. Escogieron los mejores puestos para tener una vista panorámica de las competencias. Disfrutaron y comentaron todas y cada una de las pruebas. Al salir se sentaron en un restaurant cercano, compartiendo un café el padre inauguró la conversación que deseaba desde hacía mucho tiempo, para intentar insinuarle a su hijo de qué trataba el conocimiento y el gobierno de sí mismo. - ¿Viste lo que le sucedió al ídolo de los saltos sin garrocha? - ¡Qué horrible! No pudo pasar el listón. Lo tumbó las tres veces que intentó. No lo entiendo. Él tenía el record olímpico y ni siquiera saltó a su altura promedio. - En cambio, aquél que ninguno pensaba que podía lo logró. Nunca había saltado esa altura, siempre unos centímetros menos. - Papá, ¿cómo lo explicas?... - Eso pasa no sólo en el deporte sino en la vida cotidiana… Debe entrenarse, pero ningún entrenamiento es suficiente para enfrentar las contingencias. Estar entrenados es una condición necesaria para enfrentar situaciones, pero no es suficiente, siempre hay probabilidad de fallar. Pero la falla, el fallar en el momento decisivo, no es un mal de morir. La falla puede transformarse en una fuente de sabiduría. Un buen deportista aprende más de sus fallas que de sus logros. Porque los logros los obtiene a partir de un estudio riguroso de sus fallas. Ese deportista que se sentía seguro que podía saltar, descubrió algo que ese esencial en la condición humana, que somos falibles. Hoy, al ver el video, él sabe por qué no lo logró, en qué técnica falló, en qué debe ejercitarse más… Seguramente se sentirá frustrado, deprimido, se sentirá como en una noche donde no hay luna. Sin embargo, él sabe que si desea seguir en las pistas, seguir compitiendo, debe utilizar su noche como una fuente de saber, como un libro para aprender de sí mismo. Junto a su entrenador se dedica a verse. Se adentra en su error. No huye de él. Se mira una y otra vez. Sabe que ya pasó ese momento y perdió y no volverá suceder, sin embargo, él sabe que vendrán nuevas pruebas. No mira su falla para quedarse en el pasado y llorar por lo que pudo hacer y no hizo. Se queda detenido en la falla, la estudia lenta y pausadamente, sin prisa, para decidir en su presente, cómo superar eso, cómo saltar más alto. Es decir, a partir del análisis de su acción errada, él tomará nuevas decisiones, hará un discernimiento sobre su propia vida… Se levantará más temprano, tal vez repetirá un tipo de ejercicios, forzará su cuerpo de una manera específica. El conocimiento de lo que sabe hacer, de lo que no pudo hacer y de lo que él desea hacer, lo conducen a tomar decisiones, a decidir, a gobernarse. El sabe que se está gobernando cuando de manera consciente realiza unas acciones que conduce a modificar unas prácticas, a maximizar otras y eliminar rutinas de su vida con la finalidad de alcanzar su objetivo. Es interesante aprender lo que saben lo deportista y aplicarlo a los problemas que cada día afrontamos. Fíjate todos los deportistas se entrenan para el día de la competencia. Hacen unos ejercicios específicos, cada ejercicio lo hacen de manera reiterada. Cada repetición es estudiada, cuánto esfuerzo utiliza para hacerlo, cuál es su resistencia, cómo hacerlo de la misma manera pero haciendo menos esfuerzo, por qué logra hacer un tipo de ejercicios y no otros, por qué no es capaz de lograr ciertas marcas, cómo alimentarse de una manera específica de tal forma que incremente su fuerzas, su resistencia… Tener concentración en sus ejercicios es ir acumulando esos saberes… Saberes que son de distintos órdenes unos saberes son técnicos, científicos, por ejemplo la relación entre alimentación y energía, otros son fruto de una combinación de ciencia y experiencia, por ejemplo, las técnicas de cómo saltar son combinaciones de estudiar a personas que saltaron bien, con estudios de las ciencias físicas. Esos saberes los aprende el deportista en la medida que se dedique a estudiar lo que hace, lo que ejercita. Pero hay otro saber que depende exclusivamente de él. El conocimiento de su cuerpo, de lo que es capaz de hacer. En la medida que ejercita, el deportista sabe, si puede esforzarse más o no, qué ejercicio le ayuda a mejorar su técnica. Al ir informándose de técnicas de cómo hacer los ejercicios, que son saberes sistematizados, fruto de la experiencia de otros deportistas, él inicia un gobierno de sí, él decide regular su manera de correr, su manera de saltar. La información es un elemento que él utiliza para decidir sobre su régimen alimenticio, sobre su rutina diaria… Mientras más concentrado está en su deporte, su vida la va transformando, toma decisiones muy concretas, a qué hora se acuesta, a qué hora se levanta, cuándo ir a fiesta y cuándo no. Él decide, tiene la voluntad de decidir, asumir los consejos de sus entrenadores. Él sabe que mientras más rígido sea consigo mismo, tendrá una mejor preparación para enfrentar las competencias. - Pero el que lo hizo, también conocía su cuerpo y sabía que no era capaz según el registro que antes había realizado, sin embargo lo logró. - Precisamente, allí hay otro componente importante, la capacidad riesgo. La prudencia es saber que no se puede enfrentar un reto porque no se tiene el entrenamiento necesario, pero también, te da un margen para saber que hay reto novedoso, que es posible que no lo logres, pero no te quedas paralizado, sino te atreves, eres valiente. La valentía supone una capacidad calculada de los riesgos. Sabes que no todo lo podrás controlar, sabes, incluso que puedes fallar, sin embargo haces todo el esfuerzo, maximizas todo de lo que es capaz tu cuerpo y enfrentas el reto. Ese deportista no actúa por temeridad, no es una acción irracional, sino que tiene una práctica y en el momento de incertidumbre valora lo ejercitado y se enfrenta. - ¿Papi las fallas deportivas se referían a lo que en la vida llamamos depresión, angustias…? ¿Esa era el sentido de lo que me querías decir? - Sí. A veces como padres, como hijos, como hermanos, como amigos, tomamos decisiones o decimos algunas expresiones que pueden generar fracturas en nuestras relaciones. Se actuó y se falló o, a veces, nos enfrentamos a situaciones que no sabemos qué hacer si actuar o no, nos da miedo fallar. Justamente, el poder delimitar con precisión qué hicimos, cómo lo hicimos, qué hemos hechos y qué preparación tenemos es el conocimiento de sí. Nuestros errores más que acciones ajenas a nosotros o que jamás desearíamos a verlos cometidos, pueden transformarse en una fuente inagotable de conocimiento para actuar en el presente. Esas actuaciones a partir del conocimiento de sí mismo es lo que los antiguos llamaban gobierno de sí mismo. - ¿Qué interesante relación hiciste entre el deporte y la vida cotidiana? - Hijo esa relación la han realizado muchos pensadores de distintas tradiciones de pensamiento. La expresión ejercicio espiritual es una expresión antigua que utilizaban los estoicos para dar cuenta de las prácticas diarias que se debían hacer para fortalecer el carácter, para tener control de sí mismo, para construir decisiones diariamente y evaluarlas. Ejercicios, prácticas, para modificar la propia existencia. Un pensador llamado Plotino, de inicios del siglo III DC, decía que esas prácticas conducían a transformar el cuerpo, la existencia de cada persona, en una obra de arte. Es como cuando vemos la ejecución perfecta de un deportista, su salto, su carrera, su nado, puede ser mirado como una obra de arte, porque es una ejecución hermosa bella, como una música. En el mundo cristiano, también se ha utilizado la expresión Ejercicios Espirituales, en el mismo sentido. San Ignacio de Loyola sistematizó su experiencia de cómo él tomaba decisiones, cómo enfrentaba las circunstancias, cómo reflexionaba los pasajes del evangelio y cómo él los asumía, en un texto que se conocen como los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Los inicia haciendo el símil entre el deporte y la vida de las personas. Si te dedica a pensar en el símil entre deporte y vida cotidiana, de múltiples maneras y en diversas perspectivas, encontraras un caudal de ideas para pensar tu vida cotidiana.