martes, 20 de noviembre de 2012

JESÚS, NIETZSCHE: TRANSVALORIZACIÓN: Algunas anotaciones

“La práctica es lo que legó a la humanidad: su conducta ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante toda clase de calumnias y de burlas, su conducta en la cruz. No opone resistencia, no defiende su derecho, no da ni un paso para apartar de sí lo más extremado, más aún, lo provoca… Y reza, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal. Las palabras dichas al ladrón en la cruz contienen todo el evangelio: “¡Este ha sido verdaderamente un hombre divino, un hijo de Dios!”, dice al la ladrón, si tú sientes eso, responde el redentor estarás conmigo en el paraíso; y tú serás un hijo de Dios. No defenderse, no hacer responsable a nadie… Por el contrario, tampoco oponer resistencia al mal, amarlo” (Nietzsche, Anticristo, XXXV) “(….) con la palabra hijo expresa el ingreso en el sentimiento de la transfiguración general de todas las cosas (las bienaventuranzas)…” (Nietzsche, XXXIV) Obviamente Nietzsche presenta una crítica radicalísima a la institución eclesial. La historia de la iglesia es el propio manantial donde bebe el pensador. Sin embargo, lo interesante, para mí, es cómo muestra que desde el legado práctico Jesús transvaloriza los valores, los transfigura. Decimos radicalidad porque aún cuando compartimos el horizonte de crítica del pensador alemán, nos distanciamos al mostrar que dentro de la historia del pensamiento cristiano hay hombres que comprendieron esa transvaloración, Francisco de Asís, aún cuando no la hayan sistematizado o teorizado, por ejemplo. En otras palabras, Nietzsche muestra que Jesús genera una transustanciación del contenido de las palabras. Reinar no es mandar, sino servir. Esclavitud no es obedecer sino es un acto de libertad. Las palabras reinar y esclavitud pierden su contenido específico, lo que hace que ella sea, su sustancia y adquieren otro significado, tienen otra sustancia. Tal interpretación, por ejemplo, la encontramos en San Ignacio y pudiera compartir esa tesis, aún cuando Nietzsche, coloca a la Compañía de Jesús en el centro de su ataque, precisamente porque en ella evidencia la traición a Jesús. La Compañía es un síntoma de toda la crítica a la historia de la iglesia que realiza el pensador. Esta crítica de Nietzsche es compartida por una multiplicidad de pensadores, sobre todo, por los modernos. Pero este no es nuestro asunto, por ahora, allí hay un debate rico e interesante desde la perspectiva teórica, porque la diferencia que hace Nietzsche entre Cristo y el cristianismo, pudiera hacerse en algunos casos, entre Francisco y los franciscanos o Ignacio y los jesuitas o entre Mahoma y los musulmanes o Buda y el budismo. Sin embargo, consideramos más relevante, para nuestros fines actuales, perfilar una filosofía de la actitud, detenernos en otro asunto, en cómo Nietzsche describe la filosofía práctica de Jesús, de qué trata su legado práctico. En ello Nietzsche puede ser un pensador clave que nos puede dar pista en su replanteamiento de Jesús. Obviamente, mi propia mirada del asunto de Jesús, como fenómeno histórico y como propuesta de vida práctica, se distancia en muchos aspectos de la interpretación nietzscheana. Pero tampoco tendré eso como objetivo. Más bien me interesa volver sobre el asunto de la actitud práctica de Jesús, dando cuenta de mis coincidencias con Nietzsche en este diálogo que tengo con su obra. La cruz de Jesús no es una opción por el sufrimiento por el sólo hecho de sufrir. No se trata de una prédica masoquista de la mortificación como opción de vida. Por el contrario es un final que es consecuencia de una asunción de sí que no supone un deber, “se debe actuar de tal y cuál forma”, por el contrario, la pericia del actuar dependerá de cada situación., porque la vida no es un cartograma, ni un razonamiento lógico, sino un río heteróclito. La asunción de sí en el mar de las contingencias lo condujo a la cruz. La clave o una de las claves de esa sunción en relación con la otredad es aquella máxima que no dice: “Sean astutos como serpientes y sencillos como paloma” (Mt, 10, 16) La actitud no es negro y blanco sino sinuosa, se despliega en la medida que se abre el terreno. Es una práctica. Justamente, porque se trata de una práctica, de otra forma de vida que se va haciendo en el momento del hacer es que encontramos en la vida de Jesús, actitudes que no son lineales. Desde una lógica del deber, del actuar siempre de una misma manera según un canon establecido, sería imposible conciliar cómo alguien que dice que coloques la otra mejilla si te golpean, setenta veces siete puede afirmar, por otro lado, que: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra, sino espada. Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra. Y así el hombre tendrá por enemigo a los de su propia casa” (Mt.10, 34-36) La asunción literal del último pasaje del evangelio supondría que el ser, la persona, se determina siempre por oposición al otro. Porque soy hijo me enfrento al padre, por ejemplo. Pero el asunto es más sutil. La oposición no es un una determinación a priori, porque son ricos o porque son sacerdotes o… No hay una determinación inicial del otro, el otro entra en juego cuando se cruza con el camino que se ha elegido y se responde dependiendo de la circunstancia, sin oponerse al así mismo sino reconciliado con ese mundo interior. Jesús se enfrenta con aquellos que iban apedrear a la mujer adúltera, no porque eran ellos, por lo que ellos representaban, bien sea su estatus, su clase social o su poder religioso, sino porque se había erigido jueces de la fragilidad, no se veían a sí mismo. Su confrontación es invitarlos a mirarse en su propia fragilidad. Me enfrento porque no te miras y al mismo instante pretendes erigirte juez del otro. Enfrenta la actitud del otro, porque él ha optado por un obrar distinto. Pero quizás, la clave que es resaltada por Nietzsche se encuentra en el siguiente pasaje: “Vino el hijo del hombre, que come y bebe y dicen: miren que comilón y bebedor, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores. Pero la sabiduría se conoce por sus obras” (Mt. 11, 19) La sabiduría es un saber práctico que se evalúa por las obras que produce. Las obras que produce están cargadas del pathos de su creador. La obra máxima es el propio ser. El creador que se crea a sí mismo en su tránsito por el mundo. Jesús se plantea que el mandamiento más importante es amar al otro como a sí mismo. La estructura de referencia del amor, de la relación con el otro, es a partir de la relación consigo mismo. La comprensión de la fragilidad del otro sólo es posible desde la comprensión de la propia fragilidad. Precisamente, el apostar por escuchar al prójimo más cercano, uno mismo, entenderse desde la fragilidad e irse haciendo a sí mismo supone encuentros y desencuentros con el otro. Las rupturas no son desde la negación sino desde la afirmación de lo que se es. Esa afirmación de vida, esa voluntad de hacerse, en momentos, choca radicalmente con aquellas estructuras que desde el poder bien sea económico, político o religioso, pretenden determinar, desde el deber, la vida del sujeto. Es allí cuando se da la ruptura. La ruptura supone no la negación sino una transvalorización del valor. Es por ello que la expresión Cristo Rey no es una negación del Rey, sino transustanciación de lo que significa Rey. “Lo desnudaron, lo envolvieron en un manto escarlata, trenzaron una corona de espina y se la colocaron en la cabeza, y pusieron una caña en su mano derecha. Después burlándose, se arrodillan ante él y decían: ¡Salud, rey de los judíos! Le escupían, le quitaban la caña y le pegaban en la cabeza” (Mt. 27, 27-30) Su práctica, su asunción lo conduce a la humillación más grande. Jesús en medio de esa humillación se asume Rey. Su reinado se manifiesta en su expresión de perdón. No está negando al otro, más bien, comprende la fragilidad del otro que lo conduce a vejarlo y desde esa comprensión de la otredad obra, se hace un hombre que en medio de la máxima incertidumbre y debilidad tiene la fuerza para perdonar. Obviamente, esta actitud de Rey, absuelve o censura, no tiene los componente ni la simbología de lo que significaba Rey, dígase, César. De allí en adelante reinar pierde todo contenido tanto en sustancia como en simbología de lo que aludía la palabra. Y la humillación se transforma en su fortaleza. Su fuerza reside en la debilidad. La noción de fuerza y debilidad, también cobran nueva sustancia, son transustanciado los términos. Una nueva manera de obrar, genera crea, un nuevo lenguaje.

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