miércoles, 21 de noviembre de 2012

CRISTO REY Y LA INVERSIÓN DE VALORES

El gobernante, quien gobierna, es aquél que establece no sólo el cómo deben ser los asuntos, más allá de los procedimientos que utiliza para determinar el horizonte (democrático o autoritario), sino quien está al frente para determinar cuándo los gobernados perdieron el rumbo. Es decir, tiene la función de darle dirección a su gestión y coaccionar con argumentos o a través de la punición que los gobernados cumplan. Es el censor, de alguna manera, de lo que se debe o no se debe hacer. El gobernante para hacerlo debe imponer su autoridad. La manera y forma cómo lo hace es otro asunto, delicado e importante, sustancial para discernir el buen del mal gobierno, pero que no es el objeto de la reflexión que deseo adelantar. El gobernante ejerce su autoridad y su ejercicio supone, toma de decisiones que se evidenciarán la distribución de costos y beneficios de los gobernados. Dentro de la estructura social, el gobernante, es el primer ciudadano, en tanto, su oficio es representar a todos los gobernados. El vocablo servicio, entre otras acepciones, es aquella persona que realiza el trabajo de atención a los otros como un criado. En este sentido el sirviente, el que sirve, es aquél encargado de hacer los trabajos domésticos. Dentro de la estructura social de un país, de un estado o de una comunidad quienes ejercen tales oficios, no pertenecen a los que deliberan sobre el bienestar o no de la comunidad o el estado. Son aquellas personas que por su condición económica, social y educativa, se limitan a obedecer. Están excluidos de las tomas de decisión, casi por definición. Un buen sirviente es aquél que cumple de manera eficiente y eficaz lo que le ordenan. No opina sobre aquello que se debe o no se debe hacer. Dentro de la estructura social serían lo opuesto al gobernante. La interpretación nietzscheana de la transvaloración de los valores, usando un vocablo teológico, la transustanciación de los significados de Rey y Esclavo, en el análisis de la pasión Cristo, no está descoyuntada del Evangelio. No se trata del análisis de un acontecimiento donde el intérprete fuerza lo que lee para decir lo que él quiere decir. Donde lo leído, en este caso, el acontecimiento, es casi una excusa para dar una opinión. Decimos una vez más, este no es el caso. El acontecimiento que narra el evangelista Mateo: “Lo desnudaron, lo envolvieron en un manto escarlata, trenzaron una corona de espina y se la colocaron en la cabeza, y pusieron una caña en su mano derecha. Después, burlándose, se arrodillaban ante él y decían: -Salud, rey de los judíos! Le escupían, le quitaban la caña y le pegaban con ella en la cabeza. Terminada la burla, le quitaron el manto y lo vistieron con su ropa. Después lo sacaron para crucificarlo.” (Mt. 27,27-31) Es interpretado como el acontecer práctico que genera una inversión de los significados de Rey y Esclavo. Obviamente, un lector aguzado podría, contra argumentar diciendo que dentro de las sociedades a muchas personas que tenían una vida justa y digna, le ha sucedido, sino algo igual, por lo menos, similar. ¿Entonces, toda persona que sufra en su carne los abusos de poder, genera una transustanciación de las palabras? ¿Acaso esto no es una exageración del intérprete de ese hecho social? Frente a tales interrogantes, acertadas y agudas, Nietzsche sostiene: “La vida del redentor no fue otra cosa que esta práctica, su muerte tampoco fue otra cosa…” (Nietzsche, A. XXXIII) Si se interpreta la muerte de Jesús como un acontecimiento sin dar cuenta de lo que narran los evangelio de su vida, como un hecho aislado, entonces, toda persona que por contingencia o por enfrentamiento al poder que le suceda un asunto similar a la pasión de Cristo debería interpretarse de esa manera o similar. Por el contrario, si la actitud de Jesús durante su pasión se corresponde con una propuesta de vida, de cómo asumir las contingencias adversas, de cómo enfrentarse a los poderosos, de cómo enfrentarse a los que atentan contra su ser, más aún, si la propuesta de la transustanciación de los conceptos fue una propuesta de él antes del acontecimiento, entonces, la mirada de ese hecho social no es equiparable a la contingencia de alguien que sufra un evento similar o alguien que se enfrente al poder, a menos que la manera de enfrentarse a ese poder responda a la misma filosofía de vida propuesta por Jesús. Iniciamos nuestro comentario dando cuenta de dos palabras gobernante y sirviente. Dos oficios que implican valores opuestos. Cuando decimos valores opuestos no sólo queremos referirnos al asunto de oposición de clases sociales, restringido tal asunto al ámbito económico, sino en un sentido más amplio, éticos, estéticos y políticos. Hay una extensa literatura sociológica y filosófica desde la modernidad hasta nuestros días que han mostrado ese engranaje. Gobernante, Dinero, Belleza, Razón, Derecho, Bien, Educación, Saber… Esos valores sociales asociados son opuestos a los valores asociados a la servidumbre, porque los valores se desprenden de prácticas sociales, costumbres, distintas. Justamente, la prédica de Jesús fue una propuesta de inversión de los valores. Dice, el evangelio: “Pero Jesús los llamó y les dijo: - Saben que entre los paganos, los gobernantes tienen sometidos a sus súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; y quien quiera ser el primero, que se haga sirviente de los demás. Lo mismo que el hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por el rescate de muchos.” (Mt. 20, 25-28) Tal inversión de los valores tiene implicaciones prácticas de todo tipo. Deténganse a pensar dos segundos en ellas y su asunción implicará como dice Nietzsche no una nueva fe, sino una manera distinta, radicalmente distinta de obrar. Tal vez, por ello, Pedro Legaria, un pensador católico, les recomendaba insistentemente a las hermanas de la Congregación que había fundado que se afanaran en la experiencia de servir, de hacer los servicios domésticos, que no pidieran cargos y su silencio cotidiano, fuera justamente, por la comprensión del lugar que tenían, al asumir la inversión de los valores… ¡Vaya complejidad de vida!

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