Cansado,
Vengo a tu altar cargado de ríos, charcos, montañas, estrellas, guerras, sangre, enfermos, muertos, niños con estrellas en las venas, mujeres chamuscadas de sol, hombres solitos con las cañas y aguardiente entre sus dientes.
Vengo con las flores que recogí en el punto más alto del abismo, tulipanes, margaritas, azaleas, cuatro lirios y dos alelí que se confundieron con los rasguños de aquella guitarra oxidada de sueños abortados, caminos truncados. Pero ella tan altiva, se movía silente, como una culebra abandonada de su fuerza, por las enredaderas de la vida, para apoderarse de los capullitos de Caetano Veloso o la Sonora Matancera.
Vengo inundado de letras, masticado de silencios, de noches frías, heladas, sin refugio. Titiritando vengo, como un niño mocoso del páramo, para hincarme en esta montaña, en este templo extenso, llanura, estepa, desierto, mar, que habita en la caverna de mi cuerpo.
Vengo como soy. Soy un peregrino, alguien que camina hacia una meta. Una meta sagrada que no está ni en un más allá ni en un más acá. Es una meta imprecisa, imperceptible, inefable, se sabe de ella porque se intuye un recorrido. Es un sabor a mango. La única certeza es el crisol de mis humores, son los ojos que te miro, la lengua que respiro. La certeza es la posibilidad de lo que quiero, aunque los dados señalen seis, cinco, tres o uno, mi alegría es inmensa por la forma, mis luceros, el sentido de mi juego.
Vengo con la meta metida en mochila para sacarla a ratos, como un espejo, ella me mira y no me dice, yo la miro mirándome sin decirle. Ambos reímos de la muerte, la alegría, los odios y te quiero. Es mi destino la certeza, en medio de una nada, que es lo mismo a mil caminos o un largo encierro. La certeza es este templo. Esta nube pasajera que voy siendo.
Vengo orando. ¿Orando? Hablando sin palabras, poesía sin imagen. Contemplando lo inefable en el silencio. Es muy fácil comprenderlo –dijo un hombre en su lecho- Es el minuto siguiente, antes de un beso, de un sueño, de un te quiero, incluso antes del susurro, luego del esfuerzo extremo, de la agitación máxima del cuerpo, la fracción siguiente de un intenso y sostenido orgasmo, luego del extremo de sangre y de los gritos. Orgasmo no de cuerpos sin amor, sino amor con orgasmo extremo. Orgasmo con ese ser, que en ese instante, ocupa el centro del mundo, el centro de nuestro sueño, lo amado perfecto. En ese segundo… Ese segundo después, ese segundo después del orgasmo extremo, esa vivencia eterna, ese paraíso perfecto que los segunderos lo transforman en instantes. Ese instante preciso, no el antes ni el después del orgasmo, justo entre la asfixia, la vuelta en sí de la respiración y la conciencia, en esa indescriptible fracción del tiempo, en ese momento, se experimenta la contemplación del silencio. Esa experiencia ampliada es la oración en su más excelso sentido, quién no conozca su cuerpo no entiende de eso, así lo dijo el moribundo, mientras su mujer, sonrojada, sellaba sus palabras con un tierno beso.
Vengo en oratorio ofreciendo mi cuerpo a mis cuerpos, dialogando con mis mundos en mis cavernas, descubriendo a cada rato un personaje de mi cuento. Esta larga y pequeña historia de mi mismo. Cada uno se está iniciando, se le abren horizonte como puertas, bocas, orejas. Dialogamos todos los que soy, reímos juntos, nos tomamos los tragos, nos acariciamos, nos molestamos, a veces hasta peleamos, años sin hablarnos.
Vengo con esos cuentos, venimos todos en parranda, en canto alegre, venimos cargando con los temblores del escenario, las tablas y la carpa que nos asiste.
Vengo austero, descansado, sin descanso, cansado, sin cansancio, porque venimos todos los que somos. Somos uno y sólo uno. Uno es múltiple y diverso. Uno es multitud.
Vengo multitud, cuerpo orante, a ofrecerme silencio, ofrenda piña, en el altar de mis recuerdos póstumos.
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